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About Mahler

Gustav Mahler

(b. Kalischt [Kaliště], Bohemia, 7 July 1860; d. Vienna, 18 May 1911). Like Schubert, he won full recognition as a composer only posthumously. Unlike Schuber, he was a celebrity in his lifetime – but as a conductor, especially at New York’s Metropolitan and at the Vienna Court Opera, where he insisted on refining and unifying singing, orchestra and staging into convincing dramatic presentations.

Despite his hectic performing schedule, he completed nine intensely expressive symphonies, conceived on a vast scale. „My time will come,“ said Mahler of his music, which – probably because of its existential ambiguity – only now, in the nuclear age, has become an indispensable part of the repertoire.

Un profeta del pluralismo

Gustav Mahler

A la temprana muerte de Mahler en Viena, el 18 de mayo de 1911 con apenas 51 años y tras una vida intensamente arrolladora que le llevó desde unos comienzos modestos en la bohemia aldea de Kalischt (Kaliště moderna) a centros culturales tales como Viena y Nueva York, le siguió la transfiguración de su vida y obra, algo que ha llegado hasta nuestros días y que comprende el tremendo entusiasmo por la música de Mahler que comparten muchos compositores contemporáneos. La biografía excepcional de este incansable compositor y director de orquesta continúa suscitando un enorme interés, y la popularidad de sus obras se refleja en la privilegiada posición que ocupan en el panorama musical actual. Sin embargo, este progreso triunfal no se podía prever ni ha sido constante del todo. A pesar del compromiso desinteresado de directores tales como Bruno Walter y Otto Klemperer, que defendieron a Mahler fuera de Austria y Alemania y que mantuvieron viva la tradición tras la muerte del compositor, la prohibición nazi sobre la música sin duda retrasó su causa y provocó una ruptura de la tradición que se prolongó hasta bien pasada la Segunda Guerra Mundial.

No fue hasta la década de 1960, en gran medida gracias a Leonard Bernstein, cuando la obra de Mahler resucitó de una manera sin precedentes, toda una rehabilitación en el sentido más amplio de la palabra, instaurándose con firmeza en el repertorio internacional. A diferencia de Beethoven y Wagner, cuyo lugar en el panteón de la música estaba asegurado antes de que murieran, Mahler solo pudo disfrutar de un estatus comparable como figura principal en el siglo XX cincuenta años después de su muerte. Pero cuando ese reconocimiento llegó, el triunfo resultó más llamativo. “¿Tiene uno que morir primero antes de que le dejen vivir?” se preguntaba él mismo con una ironía clarividente. Mahler compartía una profética seguridad en sí mismo con todos los artistas de primera línea y nunca perdió la fe en la validez y la viabilidad de su obra: “Llegará mi hora”.

El hecho es que la hora de Mahler ha llegado y arroja una luz esclarecedora sobre nuestro propio tiempo, porque cada época debe redescubrir y redefinir su postura con respecto a los grandes compositores. La reputación póstuma de Mahler se caracteriza además por una diversidad similar de enfoques, desde la apropiación creativa de su mundo sonoro por parte de muchos compositores jóvenes, inspirados por la amplitud estilística y la naturaleza progresiva de sus obras, hasta su función como modelo en la forma, no solo de un músico auténtico y poco habitual comprometido con la verdad artística incondicional, sino como director de las principales instituciones culturales, como la Ópera de Viena. Finalmente cabe citar el contenido espiritual de las obras que muchos consideran una excelente alternativa al proceso de nivelación que se desarrolla a su alrededor. Además, es un contenido que resulta cada vez más atractivo en un mundo cada vez más uniforme y secularizado.


Mahler demandaba de la sinfonía en su conjunto el género principal en sus creaciones. “Tiene que ser algo cósmico, algo tan infatigable como el mundo y como la vida misma para no ridiculizar su nombre”. Como compositor, Mahler cumplió este imperativo con un conjunto abrumador y en ocasiones apabullante de formas, niveles estilísticos y personajes. Empeñado en crear una síntesis a gran escala de cada uno de los aspectos de la música occidental, Mahler utilizó melodías de marcha y música de baile en sus obras, géneros que se consideraban ajenos al mundo del “arte supremo”, y los integró en sus partituras con la misma soltura manifiesta que los sonidos de la naturaleza, las bandas militares y el solemne compás de las corales y los himnos. Empleó un lenguaje musical influenciado por los maduros dramas musicales de Wagner, demostrando en el proceso el mismo enfoque soberano que ponía de manifiesto cuando usaba el lenguaje, mucho más sencillo, del lied alemán.

Y sobre todo, no eran pocas las ocasiones en que revelaba un sutil sentido del humor, que iba desde la ironía más disimulada, como en el quinto movimiento de la Tercera Sinfonía y el movimiento final de la Cuarta Sinfonía, a lo grotesco de la marcha funeraria de la Primera Sinfonía y ese tipo de baile de la muerte sarcástico que encontramos tanto en el scherzo de la Sexta Sinfonía y en el Rondo-Burleske de la Novena Sinfonía. La totalidad de la gama musical de Mahler queda aún más patente cuando todas las obras se presentan completas en forma de recopilatorio. Este conjunto no solo incluye las once obras sinfónicas (las nueve sinfonías completas, la Décima Sinfonía sin terminar y Das Lied von der Erde), sino también todas las canciones y ciclos de canciones, así como algunas de sus primeras obras que han sobrevivido, como por ejemplo la cantata Das klagende Lied. Este estudio de una obra escasa pero singularmente variada constituye además la prueba definitiva de una modernidad y un interés actual que perdura: un compositor al que Kurt Blaukopf describió como “contemporáneo del futuro” y que fue también profeta del pluralismo en la música.

Adaptación de un artículo de Christian WildhagenTraducción (al inglés): Stewart Spencer